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viernes, 2 de septiembre de 2011

El hombre en la arena

La contradicción es parte de ser humano. Moverse o quedarse estático son caras de la misma moneda. Ninguna de estas opciones tiene un mejor pedigrí que la otra. Son momentos que forman parte de la ruta que construye cada uno. La conciencia de cada quién debe permitir decidir si en un momento es apropiada la quietud o la movilidad, no el dedo de la masa o el gesto del extraño. En el momento en que se tome la decisión en favor de la acción, hay que acometer la acción con corage y entrega, para luego acometer la quietud con igual corage y entrega... y en ocasiones hasta con mayor esfuerzo.

A continuación, un aparte del discurso de Theodore Roosevelt, presidente norteamericano de principios del siglo XX, ante la comunidad académica de la Sorbona en 1910.
No es el crítico quien cuenta, ni el que señala con el dedo al hombre fuerte cuando tropieza o el que indica a quien hace las cosas, en qué cuestiones podría haberlas hecho mejor.
El mérito recae exclusivamente en el hombre que se halla en la arena, aquel cuyo rostro está manchado de polvo, sudor y sangre, el que lucha con valentía, el que se equivoca y falla el golpe una y otra vez, porque no hay esfuerzo sin error y sin defectos.
El que cuenta es el que de hecho lucha por llevar a cabo las acciones, el que conoce los grandes entusiasmos, las grandes devociones, el que agota sus fuerzas en defensa de una causa noble, el que, si tiene suerte, saborea el triunfo de los grandes logros y si no la tiene y falla, fracasa al menos atreviéndose al mayor riesgo, de modo que nunca ocupará el lugar reservado a esas almas frías y tímidas que ignoran tanto la victoria como la derrota.
              Theodore Roosevelt, Presidente Estadounidense (1858- 1919)

domingo, 28 de agosto de 2011

Comenzando a caminar...

Cada comienzo tiene una forma de andar y la esperanza de un llegar, pero quizás lo más importante es la contemplación y reflexión sobre el camino. ¡Siempre es tiempo de inicios! Siempre se puede volver a empezar, no tanto para llegar a un lugar, sino para comprender nuestra forma de caminar.


Ítaca
Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca, ruega que tu camino sea largo y rico en aventuras y descubrimientos.
No temas a lestrigones, a cíclopes o al fiero Poseidón; no lo encontraras en tu camino si mantienes en alto tu ideal, si tu cuerpo y alma se conservan puros.
Nunca veras los lestrigones, los cíclopes o a Poseidón, si de ti no provienen, si tu alma no los imagina.
Ruega que tu camino sea largo, que sean muchas las mañanas de verano, cuando con placer llegues a puertos que descubras por primera vez.
Ancla en mercados fenicios y compra cosas bellas: madreperla, coral, ámbar, ébano y voluptuosos perfumes de todas clases.
Compra todos los aromas sensuales que puedas; ve a las ciudades egipcias y aprende de los sabios.
Siempre ten a Ítaca en tu mente; llegar allí es tu meta, pero no apresures el viaje.
Es mejor que dure mucho, mejor anclar cuando estés viejo.
Pleno con la experiencia del viaje, no esperes la riqueza de Ítaca.
Ítaca te ha dado un bello viaje.
Sin ella nunca lo hubieras emprendido; pero no tiene más que ofrecerte, y si la encuentras pobre, no fue Ítaca quien te defraudo
Con la sabiduría ganada, con tanta experiencia, habrás comprendido lo que las Ítacas significan.

Constantino Cavafis, Poeta Griego (1863-1933)